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octubre 15, 2012

Ni monarquía ni dictadura

Nos evitaríamos de muchas calamidades si encarásemos al fin el relevo definitivo de unas fórmulas políticas caducas y en evidente proceso de degeneración. –Jorge Mª Rivero-


Tanto en una como en otra tienen fácilmente cabida la corrupción. Con un régimen u otro, de ambos, no saldremos de la misma. Ni de otros males que llevan inherentes.

De la corrupción de ayer a la de hoy.
Con Franco hubo mucha corrupción, a escala menor se puso de moda el estraperlo de víveres al no haberlos a venta libre. Era un red que explotaba el hambre existente en la nación española, el que pasaba irremisiblemente todo el que no podía costearse la adquisición de alimentos mediante este medio, desde la barra de pan de la vendedora callejera al tabaco –este producto nada alimenticio, por cierto-, que también estaba racionado, tenía otra cartilla, no estaba incluido en la Cartilla de Racionamiento con sus cupones a cortar por el tendero tras servir al cliente lo estipulado oficialmente. Si para el estraperlista callejero constituyó durante equis años un modus vivendi, modo de ganarse la vida, fue el origen del enriquecimiento de muchos intermediarios de la industria alimenticia, que no tanto los proveedores, sino tenderos y miembros de la administración de esta rama. Se hicieron… “negocios” con alimentos enviados del extranjero; por ejemplo, con barcos cargados de harina para la panadería –recordemos el tapado escándalo del Consorcio, porque en él había un jerifalte del régimen-. La hambruna que padeció una España aislada por la victoria de Franco, que, en el fondo, fue la de Hitler, dio origen a muchos enriquecimientos ilegales y a grandes fortunas. Creo no incurrir en exageración afirmando que de aquel tiempo data el gran impulso que tomó la corrupción.

Corrupción perenne.
Como nos enseña la Historia, y la Vida a quienes contiendas bélicas nos tocó vivir, las guerras con sus posguerras generan muchos nuevos ricos, que no se extingue la casta del logrero. Siempre el totum revolutum, río revuelto, y, como reza el refrán, “a río revuelto, ganancia de pescadores”, cuya explicación es que el desorden y las guerras presentan ocasión propicia al beneficio ilegal para los aprovechados. Ello ocurre en la guerra y en la paz; en ésta cuando no hay un orden moral, cuando se deja vía libre al caco, lo que el Gobierno no debe permitir por jerifalte que sea el que “le gusta lo ajeno más que lo propio”. Ya no digamos si de políticos se trata, debiendo empezar por perseguir a los de su propio partido. Tras la dictadura franquista sucedió la monarquía juancarlista, pero la corrupción perenne, continua, incesante, sin intermisión. Y de tal manera que tan incesante afluente ha incrementado sus pestilentes aguas al punto o lugar a que se ha llegado.

España casi vagón de cola.
Es el penúltimo país de los arruinados por la corrupción. Evidentemente ésta parte de haberse traducido la rectitud moral por la más torcida inmoralidad política con clave, como no puede ser por menos, en la mentira. Nunca como en la actualidad podemos comprobar la veracidad de este aserto del novelista, dramaturgo y poeta, que ya he citado en alguna otra ocasión por lo que tiene de básico, Luís Dumur: “La política es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve”. ¿De qué nos ha servido al país como jefe de Estado el dejado por Franco? Hay quien le apunta como su único mérito su actuación el 23 F, pero esto está reputado como montaje y él no ha tratado de probar que no lo es, de refutar tales escritos. Acaso le resulta tan imposible como su consagración al papel de donjuán, de hombre de negocios y de safaris.

En estas tres facetas, que definen su vida totalmente, se ha servido de los hombres, de su puesto político. Haciendo uso del artículo 62 que estipula entre las “Funciones del Rey” el mando supremo de las Fuerzas Armadas, pudo impedir la ilegal actuación de José María Aznar en la guerra de Irak formando trío con Bush y Toni Blair –se hubiera evitado el atentado del 11 M no aclarado por el PP ni por el PSOE- . A los innumerables crímenes incruentos, pero crímenes, del bipartito hay que añadir este atentado de primera magnitud. El jefe del Estado ha sido permisivo con los Presidentes del Gobierno, y éstos con él, no interfiriendo en sus actos, teniéndolo que hacer en virtud del artículo 64 de la Constitución: “Refrendo de los actos del Rey”. Ni el Gobierno ni la Prensa ha ejercido control alguno sobre la Monarquía; hasta últimos de 2011 se mantuvo al margen de la crítica. Lo del matrimonio Urdangarín-Borbón vino a ser la gota que rebosó el vaso de pasos indebidos de la Familia Real, cual el donjuanismo del rey, los matrimonios de los hijos, los asuntos y divorcio de la infanta Elena, etcétera.

Monarquía, dictadura y trinque.
Las monarquías encierran grandes dosis, por así decirlo, de dictadura, lo primero que “dictan” reyes y dictadores es su enriquecimiento –“no hay rey pobre”, escribe Juan Balansó-, sus protagonistas no dejaron de distinguirse por el elevadísimo nivel económico a que llegaron. En cuanto a dictadores paremos miente, por ejemplo, en la fortuna del dictador chileno Augusto Pinochet o en la del cubano Fidel Castro. Franco no hizo negocios, pero se lo permitió a su familia, y muerto el dictador ésta no fue exilada ni confiscada su fortuna. En cuanto a reyes no vayamos lejos, véase la que tiene Juan Carlos I según la revista Forbes. O según recientemente The New York Times pone de relieve: 2,300 millones de dólares, casi 1.800 millones de euros. A los varios políticos de este reino que hizo Franco en vida –reino sin rey- tampoco les ha ido mal económicamente con Juan Carlos I. Pero al parecer en orden a negocios su majestad ha predicado con el ejemplo.

Seudo dictadura de vuelta.

Lo triste y vergonzoso son las palabras que Rajoy acaba de proferir: “La situación económica por la que atraviesa España es muy difícil, complicada, y tenemos muchísimas deudas”. Ya es demencial que suele echarse la culpa al españolito de a pie. O se le ha tomado por iletrado y retrasado mental. Nada más injusto que nos roben y encima tengamos que pagar lo que nos han quitado. Y ya en el colmo de la desfachatez que estando tiranizada la sociedad civil por Rajoy, con sus ínfulas de dictador, se hable de democracia. Algo además inadaptable a una monarquía. Tampoco es muy honesto, que digamos, que se apele a una Constitución quebrantada en su mayor parte. Pero, bueno, la dictadura se lo permite todo. ¿Para cuándo una democracia de realidad, que no de realeza, sin la epidemia de corrupción de la que cada día se descubren nuevos brotes? Sólo algún paniaguado –o necio integral, que de éstos siempre hay plaga como ya se consigna en el Eclesiastés- puede hacer que entiende –el necio incluso “entender”- la pervivencia de la medieval monarquía en pleno siglo XIX y en Europa. Con su derecho de herencia, como si de una finca se tratara, y con toda su parafernalia que entra de lleno en el lujo y en lo peripatético o ridículo y extravagante. ¡A qué inverecundia y ruina ha llegado la nación española con esta monarquía y sus políticos del bipartito gobernante!

MANUEL LÓPEZ PERALTA


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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Es comentario que a mí mismo me hago de corregir que no me refiero al siglo XIX, que lo consigné como "lapsus calami", simo, como se comprende, al XXI en que nos hallamos.Quiero decir: la pervivencia de la medieval monarquía en pleno siglo XXI y en Europa.
MANUEL LOPEZ PERALTA

Anónimo dijo...

Sólo convendría hacer una puntualización en el apartado "De la corrupción de ayer a la de hoy".

Si bien es cierto que la época de la inmediata posguerra fue un hervidero de corrupción debido al mercado negro, convendría recordar que el propio régimen franquista implantó un órgano llamado "Comisaría General de Abastecimientos y Transportes" para controlarlo al máximo posible. En la recién terminada Guerra Incivil y debido a la carencia de materias primas, los productos básicos estuvieron racionados durante muchos años y eran controlados por esa comisaría y los precios, marcados por los sucesivos gobiernos de la dictadura.

Hubo muchos almacenistas y grandes distribuidores intermediarios que generaron buenas fortunas gracias al acaparamiento y venta ilegal de esos productos, pero muchos menos de los que hubieran sido de no haber existido ese órgano controlador que intentaba, no siempre con éxito, que no faltaran los productos básicos a precios asequibles y en cantidades racionadas para los ciudadanos.

Ese órgano subsistió hasta 1952, año en que, recuperada la producción de alimentos y productos energéticos a niveles aceptables, se liberalizó la venta y los precios.

Conozco la historia de primera mano, puesto que mi padre fue subcomisario de Abastos en una provincia española y sé de sus esfuerzos y los de sus compañeros que, muchas veces acompañados de la Guardia Civil, hacían inspecciones aleatorias y periódicas en almacenes, fábricas de conservas, molinos, almazaras, etc. y la cantidad de actas de sanción que se levantaban, algunas de las cuales llevaron a la ruina total a los infractores, pues los juzgados se incautaban hasta de sus bienes personales.

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