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febrero 22, 2012

DE LA MONARQUÍA, LA FAMILIA REAL Y SU ENCRUCIJADA ACTUAL

Nunca es demasía publicar lo que es necesario que se sepa.
(Séneca).

España está pasando por una de las peores épocas de su Historia. Mucha corrupción hubo en la dictadura, que duró cerca de cuarenta interminables años grises con sus altibajos de tranquilidad nacional en lo internacional y, por otra parte, de ir tomando cuerpo la verdadera paz en el país entre aquellas dos Españas que señaló Antonio Machado y de la que aún, como tenemos a la vista, quedan huellas. Tristemente se produjo una guerra civil, bien llamada de “incivil” por Unamuno, y las secuelas serían de represalias por el bando victorioso, ya lo dice el galo Breno, Vae victis!, ay de los vencidos. Franco que creó la Ley de sucesión en la Jefatura del Estado restableció la monarquía –sui generis durante su vida-, hizo de España un reino sin rey, no quiso a Alfonso XIII ni a don Juan de Borbón, príncipe de Asturias. Se adjudicó la potestad de nombrar rey y pudiendo en cualquier momento revocar el nombramiento y elegir, designar a otro; todo ello, en fin, es notorio. Juan Carlos, pues, pasó a ser rey sin haber sido príncipe de Asturias; ya casado, se pensó en cómo se le denominaría, y fue su esposa, la princesa Sofía, la que sugirió que Príncipe de España, pasando a ser llamado simplemente el príncipe.

Una amplia bibliografía hay sobre la transición española, pero no me propongo tratar de cómo se pasó de la dictadura o franquismo a la monarquía constitucional que sucedió, sino de ésta en su tiempo y en especial en la actualidad, razón, entre otras, por lo que no me interesa el libro de Pilar Urbano, la cual, además, me decepciona en su punto de vista sobre la monarquía y sus componentes actuales. Todo es laudatorio. Para ella lo que le dice la Reina es algo así como dogma de fe, tal como cuando sostiene que Urdangarín es bueno, bueno, bueno. Sí, y buena la ha liado.

En su opinión lo sucedido con Urdangarín no afecta, ni tiene porqué afectar, a la monarquía. ¡Ya es quererla defender a ultranza, ser tendenciosa, sin detenerse siquiera ante el absurdo, ante el ridículo. Lo único cuerdo que emitió –en “La Noria” el 18 de febrero de 2012- es que si Urdangarín se ha valido de su situación familiar, alguna sanción ha de tener. No sólo por disentir de su criterio, o del que quiere presentar con las miras que sean, también por la adversa crítica que en diversos medios que ha obtenido, no leeré su reciente libro panegírico, titulado “El precio del trono”. Por lo que veo, falta un juicio ecuánime, y, por lo que se dice, también adolece de otros fallos. Por otra parte, se circunscribe, ya lo indica el título, a lo que hubo de pasar para conseguir ser rey. Hablando de la obra en Internet, se puede leer que fueron tres precios: “Un sometimiento a Franco durante 27 años, puentear a su padre y doblegarse a Washington, además del precio “humano” de vivir a caballo entre el Pardo y Estoril, una situación “esquizoide”, que resuelve de modo muy práctico, amando a su padre pero obedeciendo a Franco”. Bueno, nada nos descubre la autora, hay mucho material al respecto y, sin duda, con mejores opiniones, ya que la veo –reitero- tan distante, por naturaleza o por voluntad, de sindéresis o discreción, capacidad natural para juzgar rectamente.

Encarna contrasentido lo de amar a su padre y obedecer a Franco; nos recuerda el Evangelio de san Mateo -6, 25-: Ninguno puede servir a dos señores: porque o tendrá aversión al uno y amor al otro: o si se sujeta al primero, mirará con desdén al segundo. No podéis servir a Dios y a las riquezas. No sirvió a Dios, que manda honrar padre y madre, sino que fue contrincante de su progenitor. Primero fue la infidelidad filial, después sería la conyugal, la primera por amor al dinero, la segunda por espíritu donjuanesco. En la lucha contra su padre el Príncipe de Asturias, y por consiguiente el llamado a reinar según los cánones de la monarquía, le ayudó su esposa doña Sofía. Estima Juan Balansó las confidencias que a Pilar Urbano hizo, elaborando ésta “La Reina”, y en su libro “Las perlas de la Corona” dedica a tal postura unas líneas de las que transcribiré algunas:

Papel incomprendido
Sofía de Grecia, primogénita de Pablo y Federica, reyes de los helenos, casada en 1962 con don Juan Carlos de Borbón, príncipe de Asturias en el exilio –hijo y heredero del conde de Barcelona, jefe de la Casa Real española-, fue, evidentemente, a tenor de lo que ella misma ha tenido a bien contar, una mujer que, desde el mismo momento de su boda, si no antes, puso sus ojos, por encima de cualquier otra consideración, en la posesión de la Corona de España. Cada página del libro La Reina es un testimonio vivo de que nunca acertó Sofía a comprender que su papel era el de princesa de Asturias, sometida por tanto a la autoridad del rey titular, su suegro; una posición dinástica que en todas las monarquías, reinantes o no, conlleva unos deberes que ella no quiso, o no supo, respetar.

Desde su misma luna de miel tuvo Sofía muy claro su objetivo, que comportaba su rebeldía como heredera: la visita a Franco, apenas saboreados los transportes del amor, se hizo sin permiso de don Juan de Borbón. A la oportuna pregunta de Pilar Urbano de si aquel viaje hasta El Pardo se realizó de espaldas al conde de Barcelona, que al parecer se oponía a él, respondió doña Sofía:

Ni de espaldas, ni de frente: se hizo. No contamos con el parecer de don Juan porque no era necesaria esa consulta. No sé si se opuso con rotundidad o sin rotundidad. Sólo sé que lo dijimos pero no le consultamos.

Y remacha el clavo:
Franco y don Juan querían cosas distintas. Eso lo tenía yo muy claro. Y había que nadar entre dos aguas, moviéndose con cuidado.

Por lo que se refiere al príncipe incidió con su mujer en ser rey, y no su padre, cuando en 1969 fue nombrado sucesor a título de rey. Lo cierto es don Juan estuvo engañado siempre en cuanto a que sería el sucesor. Para serlo tuvo en contra hasta los padres de su nuera. Balansó en este libro y algún otro explica este tejemaneje hasta por parte de su mujer e hijas, don Juan en este problema se vio abandonado de toda su familia. “Desde noviembre de 1975 –escribe Balansó- hasta diciembre de 1978 la sucesión en el trono de la monarquía española se rigió por el artículo 11 de la Ley de Sucesión franquista. Por consiguiente, junto a otros principios, se legalizó la exclusión de las mujeres en la Monarquía de Juan Carlos I”. Ante lo cual el 21 de enero de 1977 la Jefatura del Estado expide un Real Decreto en el que se nombra Príncipe de Asturias al hijo varón. La cosa era híbrida. Sobre este particular se puede leer en las líneas que venimos trasplantando de la obra del historiador barcelonés:

Si el bofetón propinado a su propio padre por don Juan Carlos había indignado a Satrústegui, Anson, Miralles, Gaitanes y otros conspicuos monárquicos, la izquierda no iba a la zaga y no quiso aceptar la legalidad de la proclamación del príncipe heredero cuando todavía estaba por decidirse libremente si España será una Monarquía o una República. (Aunque no tan libremente, porque la oposición era consciente de que el ejército no iba a permitir más elección que la que había impuesto Franco… y de ahí el logro del “consenso”.)

El subrayado es mío para significar la imposibilidad de lo que entonces debió verificarse: Elecciones Generales, Monarquía o República. Nadie quería monarquía; en “El Rey – Conversaciones con don Juan Carlos I de España”, de José Luís de Vilallonga, hay este diálogo al principio de la seudo biografía: --¿Crees tú que el 22 de noviembre de 1975, cuando fui proclamado rey, existía un sentimiento monárquico en España? […] –No, Señor, cuando Vuestra Majestad subió al trono no existía ese sentimiento monárquico, excepto en algunos nostálgicos que habían conocido el reinado de vuestro abuelo”. En general, no era para sentir nostalgia, no en balde se destronó al monarca.

En lo que afecta a la actualidad y vida personal es en lo que hoy día, roto el secretismo, el silencio, que existía, se está hablando mucho por lo que da que hablar la conducta de Urdangarín acusado por la Justicia de haber llevado la contraria con toda tenacidad al séptimo mandamiento del Decálogo: no hurtar. Como es palmario, tal circunstancia se halla mezclada, se quiera o no, con su Familia Real, la cual está sumamente bajo excitación nerviosa, mientras la prensa y la ciudadanía vitupera lo ocurrido en esta familia. “Al Rey –ha expuesto Federico Jiménez Losantos- todavía se le calla casi todo, pero ya de Urdangarín, nada”. Tampoco de la infanta Cristina, pues se protesta airadamente de que hasta ahora se le excluya de responsabilidad en el “Caso Babel”. Puede tenerla en menor grado que él, pero es incontrovertible que como esposa, copropietaria y algunas otras circunstancias que se exhiben, no carece de culpabilidad, y ésta puede serle imputable de manera deliberada o por negligencia. Téngase esto en cuenta por aquello de que sabía, no estaba enterada, como se viene alegando en su defensa estultamente.

En diariomallorca.es – Opinión – podemos leer: “La infanta es inocente, pero no tanto”. “Se insulta a Cristina de Borbón al desligarla de los manejos de Urdangarín mientras su esposa ocupaba el número cinco en la sucesión al trono”. El autor del artículo, Matías Vallés, afirma y reafirma su culpabilidad; entre otras cosas al efecto, dice: “Aunque el matrimonio ingresa más de un millón de euros anuales en sueldos de Telefónica y la Caixa, que jamás percibirían de no mediar su inclusión en la Familia Real, un incremento patrimonial de una docena de millones a través de una sociedad compartida no debió pasarle desapercibido a la infanta. […] No era un asunto matrimonial, estaba en juego la Corona según se acaba de demostrar”.

La Familia Real está muy desavenida, primero los reyes desde 1976, y esto, como ya dije en otro artículo, es lo que han tenido que ver sus hijos desde niños; luego la separación temporal –así se mintió al país- de la infanta Elena y Jaime Marichalar. No deja de entrar en juego de perenne desavenencia el disgusto que proporcionó al rey su hijo con la elección de esposa, aunque teniendo que doblegarse se desvivió en conseguir fuese aceptada por la nación, hábilmente fue impuesta. Y ahora sólo faltaba lo de Urdangarín. Si Letizia no se llevaba bien con sus dos cuñadas, desde hace bastante tiempo no se hablaban, ahora han dejado de hablarse las hermanas. Esta cuestión fue en progresión, y ya en 2011 surgió en abril la cena del rey con sus tres hijos –quedando excluidas la reina, Letizia y el bueno de Urdangarín- en el restaurante “EL Landó”, Madrid, para comunicarles que a su vida amorosa sumaba otra amiga, la princesa alemana Corina zu Sayn-Wittgenstein.

Si esto es, cuando menos, un proceder rarísimo entre padres e hijos, aún lo es más, si cabe, que Cristina haya chocado con su padre y con su hermano, habiendo expuesto a éste que no se posesionase contra Urdangarín, lo que naturalmente le indignó y salieron tarifando. Ya para colmo de excentricidades el situarse la infanta al lado de su marido que ha dado un descomunal golpe a la monarquía, que es a la que, por decirlo así, deben todos ellos su gran vida. Sabido es que su abuelo paterno y su padre la pasaron estrechas. Es, además, de suponer que viendo Felipe que no se le presenta muy expedito, que digamos, el camino de la sucesión, le haya sentado muy mal la visita que su madre hizo a EE.UU. cuando el matrimonio ya esta señalado de corrupción. Y ello a pesar de que la madre adora al hijo al que está deseando ver como Felipe VI.

Todo, en definitiva, es desquiciamiento familiar y frente la conservación de la Corona, tal vez porque el Rey y todos ellos la ven muy segura. Craso error; como dijo la infanta Eulalia, hija menor de Isabel II, ninguna corona se ciñe lo suficiente como para no caerse. ¿Ha cumplido el rey y los hijos con la ejemplaridad que han de tener y los deberes exigibles para ocupar el trono? Es pregunta que han empezado a formularse los españoles. La susodicha Pilar Urbano, en una entrevista, no deja de reconocer que el rey está “obligado a ser inmaculado, intachable, porque nos representa a todos”.

Autor: Manuel López Peralta

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